Casi desde el momento en que me enteré de que estaba embarazada, empecé a fantasear con el momento del parto:
“Comenzar a notar las contracciones y darme cuenta de que había llegado el gran momento, sonreír de emoción por saber que pronto conocería a mi bebé y tranquilamente llamar a mi chico para darle la noticia y que viniera a casa. Seguramente él se pondría muy nervioso y vendría corriendo, jiji”.

Lo repetía una y otra vez cuando hablaba con la gente de mi entorno e iba cogiendo más fuerza a medida que el tamaño de mi barriga aumentaba.

El hecho de ir a las clases de Preparto también alimentaba esa fantasía en mi cabeza, pues la matrona es totalmente pro parto vaginal, pro hospitales públicos y pro lactancia. Ella nos descubrió también al doctor Carlos González, su filosofía y sus libros, y cada vez me iba enamorando más del esperado momento del parto. Si si, deseado!! No tenía miedo, no tenía dudas. Sabía que llegado el momento, sabría que estaba de parto y de que todo saldría bien.

El embarazo fue maravillosamente perfecto. Me encontraba tranquila y feliz. Dejé de trabajar a los 6 meses y tenía mucho tiempo para pensar, descansar, leer y cuidarme y sobre todo, no comerme la cabeza con los comentarios de la gente que todo lo sabe acerca del embarazo y que me decían lo que tenía que hacer (aunque nadie les hubiera pedido opinión).

 

Soñando con mi parto deseado

 

Me desperté del sueño con un buen mamporrazo

En las últimas visitas a mi ginecóloga que ya eran semanales, me decía que estaba muy verde. La cabecita de mi bebé estaba en posición pero no encajada. Y así hasta la semana 40 que fue cuando aún sin síntomas aparentes de un parto inminente, me mandó al hospital para hacerme “las correas”. Como sabréis “las correas o monitores” es una prueba prenatal indolora en la que te colocan una especie de correa elástica alrededor de la barriga, que sujeta dos transductores: uno para controlar el latido del peque y otro para analizar la actividad uterina. Mediante un cable estos transductores van conectados a los monitores que van grabando un gráfico donde se anotan todos los datos.

En el tiempo que estuve allí no tuve ni una sola contracción. Y yo, seguía espléndida y feliz.

Entonces fue cuando mi maravilloso cuento de un parto de anuncio comenzó a desmoronarse.

La comadrona (que no era la de las clases de preparto sino la que me iba a atender en el hospital que habíamos elegido para el alumbramiento) me dijo que como ya estaba cumplida, si antes del 20 de Enero no me había puesto de parto que fuera al hospital para que me lo provocaran.

Casi me da un patatús cuando oí aquello.

La razón que nos dio fue que era absurdo esperar más tiempo ya que eso solo podía complicar las cosas y que ahora ya nadie esperaba a las 42 semanas.

Yo no podía creérmelo pero aquel “esperar solo puede complicar el parto” resonaba en mi cabeza.

Mi marido estaba eufórico. Eso significaba que en pocos días vería a su hijo! Pero yo intentaba ocultar mi tristeza.

Si! Tenía muchas ganas de conocer a mi hijo, pero solo él tendría que poder decidir cuándo.

Me planteé no aceptar el “consejo” de la comadrona pero acepté con la ilusión de que mi niño quisiera darme la oportunidad de acabar mi cuento con el mejor final feliz.

Los días siguientes fueron raros, poco naturales. Y pensaba: en dos días voy a ser madre. ¿Eso no tendría que ser una sorpresa?

Era como si yo misma me hubiera comprado el regalo de cumpleaños.

Y las contracciones no llegaron. Mi parto programado

Al fin, amaneció el 20 de Enero de 2016 y sonó el despertador a eso de las 6 de la mañana.

Desayunamos y cogí mi bolsica para irnos al hospital con un sabor de boca un tanto agridulce.

En el coche casi ni hablamos. Yo necesitaba hacerme a la idea de que iban a provocarme el parto. No quería un parto programado, no quería que me sacaran a mi hijo que tan a gusto estaba rodeado de aquel cálido líquido y respirando la paz que mamá sentía, pero mirando lo contento que iba mi marido me puse optimista y pensé que solo tendrían que romperme la bolsa de aguas y todo lo demás saldría rodado. Sería una pequeña ayudita.

Ya en la sala de dilatación, mientras hablaba con Cristian y caminaba de arriba para abajo, solo podía pensar en el frío que tenía en los pies. ¿No podían haberme avisado de que me quedase unos calcetines?, ¿porque no hay una alfombrica en esa sala? Y los dos bromeábamos y nos reíamos de las cosas cotidianas de nuestro día a día. Había tanta complicidad entre nosotros… Se respiraba amor.

Como la dilatación parecía ser bastante lenta, la comadrona me propuso ponerme la epidural para intentar relajar mi musculatura y favorecer la apertura del canal por donde pasaría la cabecita más preciosa que jamás vería.

La verdad, es que no tuve miedo. Confiaba en el personal médico y en todo momento me sentí arropada y cuidada y así aquella increíble aguja que penetró en mi espalda fue mucho más llevadera de lo que podría esperar.

Y en aquel momento me sentí aliviada. Ya no tenía frío en mis pies!! Y ya no notaba esas continuas contracciones que desde hacía horas, entre risas y complicidad con mi marido, estaba sintiendo. De repente volví a encontrar paz y tranquilidad y me dejé llevar en aquel firme colchón de hospital.

 

Una visita inesperada

En una de las visitas que nos hacían las enfermeras para comprobar la evolución de mi parto, una de ellas llamó a mi (en aquel momento) futuro marido para que saliera fuera. Cuando volvió yo estaba ansiosa por saber que había ocurrido. Le notaba algo en la mirada.

Él intentó explicarme alguna excusa referente a papeleo del hospital pero aquel estado de calma en el que me encontraba le dije: Cariño, pero no me mientas. ¿Es verdad que te han llamado para eso?

No podía creérmelo, mis lágrimas empezaron a correr por mi cara y no podía sacar ni una sola palabra. Mi madre y mi hermano habían venido desde Mi tierra a 600km para verme, para conocer a la luz de mi vida y yo no podía estar más emocionada.

Días más tarde y pensando con franqueza, habría preferido poder disfrutar de aquel momento solo con mi marido y mi hijo, como habíamos planeado. Pero no podía negar que también me hacía mucha ilusión ver allí a una pequeña representación de mi familia.

 

Un final diferente para mi cuento

Tras 8 horas en la habitación, dilatando, con contracciones, paseando y riéndome con mi marido, me confirmaron que tenía un parto estacionado y que tenían que hacerme una cesárea. Una que!!!!!!!!! No podía creérmelo, yo que iba a poder tener un precioso parto donde sacar a mi deseado hijo con mis propias manos. En el que agarraría al hombre de mi vida con fuerza para poder hacer los pujos compartiendo nuestro sudor, mientras me apartaba cuidadosamente el pelo de la cara. ¿Por qué yo?, ¿Por qué a mí?

Unas palabras que me dijeron días antes resonaban en mi cabeza: Si al final tienen que hacerte cesárea, no te preocupes y quédate tranquila. Todo va a ir genial. Y con ese mensaje y la mirada firme y amorosa de Cristian fui llevada con la camilla hasta aquella fría sala, hasta aquel quirófano.

En ese momento me di por vencida y ya solo esperaba que aquello terminara pronto. Ya me sentía agotada y mi único consuelo era por fin conocer el regalo por el que habíamos estado esperando 40 semanas y 5 días.

Nunca llegaron a decírmelo, pero mi hijo sufría cada vez que yo tenía contracciones debido a que llevaba alrededor de su cuello 2 vueltas de cordón y el cuello de mi útero no se borraba para que su cabecita pudiera encajarse.

Por suerte Cristian pudo estar conmigo en todo momento. Acompañándome en lo que iba a ser el nacimiento de nuestro hijo y dándome el calor que necesitaba para contrarrestar el frío de aquella sala, de aquella situación.

En lo que a mí me parecieron unos minutos, exactamente a las 16:28 horas de la tarde, mi ginecóloga exclamó: Mira que cabecita tan redonda! Y muy poco después mantenía entre mis brazos abiertos a la personita más extraña y a la vez conocida de toda mi vida. Mi pequeño tesoro, un trocito de mí, un trocito de amor, un trocito de los dos. Y lloré de emoción y de amor. Un amor nunca antes conocido y que ya nunca dejaría de sentir.

Mami India Mapache con el pequeño indio recién nacido

Mami India Mapache.

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