¿Por qué todo el mundo sabe de educación y crianza cuando se trata de los hijos de otros?
Esta pregunta me la hago mil veces. Y es que en tan solo 1 año y medio que es la edad que tiene mi peque, he escuchado infinidad de veces, de todo tipo de personas, lo que tengo que hacer en caso de (cualquier cosa) con mi hijo.

Lo mejor del tema es que el 100% de las veces NO he pedido la opinión de estas personas, entre otras cosas, porque no comparto su modo de entender la crianza.

Me da pena que en esta sociedad en la que hace relativamente poco se vivía en familias de tres o más generaciones y los niños eran criados entre todos de una forma natural, en la que incluso los vecinos participaban en esta labor, se esté perdiendo una de las cosas mejor hechas y más importantes para el futuro de todos: la crianza con apego. (Si quieres saber en que consiste la crianza con apego, sigueme en mi página de Facebook para descubrir las novedades. Pronto en mi blog: Crianza con apego, ¿En qué cosiste?)

^Ahora somos muy modernos y todos sabemos mucho acerca de lo que se puede o no se puede hacer con un niño porque ¿sabéis? ¡Son muy listos y nos toman el pelo! Y saben lo que quieren y no hay que dejarles salirse con la suya. Y tienen que ir en el carrito sin rechistar y dejar a mamá y a papá hacer su vida. ^ (Modo ironía On).

Yo no sé vosotras pero a mí esas frases me chirrían. Y estamos demasiado acostumbrados a oírlas y las tenemos tan interiorizadas que nos las creemos. De hecho, tengo que confesar que mi modo de ver la crianza ha cambiado desde que me quedé embarazada (menos mal) y antes de esto, seguía la corriente de la inmensa mayoría de personas, y me lo creía. Es la llamada crianza protocolizada en la que se establecen unas pautas para hacer las cosas de la forma “correcta”.

Por ese motivo, porque parece que ese tipo de crianza (surgido con un trasfondo político cuando la mayoría de personas eran analfabetas) es la norma, os animo a que luchemos por cambiar y criar a nuestros hijos para que crezcan y se conviertan en personas adultas sanas, equilibradas, buenas y empáticas, aunque sé que resulta difícil y agotador tener que ir constantemente a contracorriente.

Sin ir más lejos el otro día se me ocurrió comentar delante de unas personas cercanas, que mi hijo ya no quiere el carro. Y como salida de ultratumba una voz se dirigió a mí: ¿perdona?, ¿qué quiere decir que tú hijo no quiere el carro? (queriendo decir en realidad, tu hijo no puede decidir lo que quiere, sino que tiene que hacer lo que quieres tú). Entonces puse los ojos en blanco y comenzó una batalla campal en la que todos tenían algo que opinar al respecto. Curiosamente todos habían pasado o habían visto situaciones parecidas y habían salido victoriosos al reducir a sus hijos al carrito dando igual los gritos y lamentos del niño y no importando la forma de conseguirlo. Y aunque como ya sabréis, no comparto para nada esas ideas, les dije: ya ya, si lo sé, lo intentaré; y me levanté y me fui. ¡¡¡Que impotencia!!!! ¿De verdad es necesario imponer tu fuerza y tus necesidades por el simple hecho de ser el adulto? ¿Y luego nos quejamos de que nuestros jefes nos ningunean? Si es lo que estamos inculcando desde pequeños a nuestros hijos, les enseñamos que el grande se impone al pequeño y punto. ¿No sería quizás más adecuado buscar una alternativa en la que tanto los padres cómo el bebé estén cómodos, sin necesidad de usar la fuerza y aguantar llantos, gritos y pataleos? Ahí lanzo mi reflexión.

Por mi parte os prometo que la próxima vez que esto ocurra, sacaré valor y tendré argumentos para enfrentarme a todos yo solita ?.  Vamos a desmontar mitos y vamos a poner en duda estas creencias dando la mejor de nuestras explicaciones.

Por suerte, sé que poco a poco y entre todas las mamás y papás luchadores que ven la vida con otros ojos, que no se conforman con seguir la “norma” y aunque nos llamen hippies o modernos, conseguiremos cambiar estas metodologías tan nefastas que acompañan a la crianza de nuestros hijos y afectan en su educación y por supuesto en su personalidad y su salud emocional.

¡¡Hasta pronto!!

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